El precio del favor

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El precio del favor

Mensaje por Ose1 el Dom Sep 23, 2012 4:40 pm

Por más tiempo que pasara estudiando a los humanos, jamás lograba comprenderlos del todo. No entendía la necesidad que tenían de actuar siempre bajo algún tipo de rito, de elaborados aspavientos repletos de un simbolismo vacío que únicamente les reconfortaba a ellos, haciéndoles sentir más cerca de un supuesto poder superior. Menos aún cuando ese supuesto poder superior era él mismo; con él bastaba una simple invitación para que apareciera.

Lo cierto es que los ritos de invocación de los humanos le divertían. A lo largo de los siglos habían ideado centenares de formas de ponerse en contacto con él, tantos que a veces le costaba recordarlos todos, si bien recordaba los más divertidos.


Aquél usaba uno de los divertidos. Le habían dicho que para convocar su presencia debía sacrificar un pollo y bañar en la sangre 4 pelos de él, atar con éstos la cintura de un muñequillo de paja y enterrarlo en un cruce de caminos, cosa que su invocador estaba haciendo sin perder detalle.

Ose le dejó hacer, sabedor de que para los humanos el ritual es demasiado importante como para romperlo. Una vez hubo acabado, Ose apareció detrás del humano y dijo:

-¿Qué os han hecho los pollos para usarlos siempre como víctimas para el sacrificio? Podríais usar otros animales. O personas. U hortalizas. Pero, sinceramente, no sé qué veis a los pollos -se encogió de hombros-. Supongo que son fáciles de matar.

El humano examinaba a Ose de arriba a abajo. Ose le sonrió. Enseguida se dio cuenta de
todo: aquel pobre diablo, adolescente aún, veía en el cuerpo de Ose el objeto de su deseo. El demonio sabía qué ocurría: un chaval acosado en el colegio por los demás sólo por ser diferente, por
amar a otros hombres que, desesperado, había recurrido, incluso, a las artes esotéricas sin ser demasiado creyente. Qué tierno, cuánta misericordia inspiraba aquel alma perdida. Si él tuviera algo de eso.

-¿Y bien, qué puedo hacer por ti? -dijo, acercándose al chico, que temblaba sin poder articular palabra alguna-. Se trata de una venganza -empezó a decir, acercándose cada vez más, hasta llegar a escasos centímetros de la cara del chico. Acarició su mejilla derecha, los labios temblorosos
del humano y, llevando sus propios labios a la oreja del chaval, le susurró-: ...¿o un favor personal? Conozco formas de pasárnoslo bien.

El chico se echó hacia atrás, visiblemente ruborizado y ligeramente encorbado debido a una incipiente erección ante la presencia de Ose, que empezó a reír.

-Qué tímido eres...

-Gabriel.

-¿Gabriel? Vaya. Esto cada vez es más poético.

-¿Eres... Ose?

-Efectivamente. Uno de los príncipes de los Infiernos, para servirte. ¿En qué puedo ayudarte, Gabriel?

-Me han dicho que eres... poderoso.

Ose asintió.

-Poderoso y... potente. Entre otras muchas cosas, claro. También soy sabio, tengo buen
gusto, exquisito en modales cuando quiero...

Gabriel dio otro paso atrás.

-Yo... quiero ser fuerte. Dejar de sufrir.

-Ya. Tú y todos los seres humanos del planeta. Concreta algo más, pequeño.

-En mi instituto hay dos chicos...

-Entiendo. Puedo encargarme de ello.

A Gabriel se le iluminaron los ojos.

-¿Lo harás?

Ose sonrió en una mueca felina.

-Por supuesto. Pero todo tiene un precio, pequeño monito con nombre de ángel.

-¿Quieres mi alma o algo así?

De pronto, Gabriel era consciente de que su vida era trascendente, de que había algo más, porque si un demonio existía, ¿por qué no iba a existir el alma y la vida después de la muerte? Ahora que lo pensaba, tenía miedo de entregar su alma a los demonios, de sufrir eternamente en el infierno, de que las amenazas del párroco fueran ciertas.

Ose movió la mano, como quitando importancia a las palabras de Gabriel.

-No. Tu alma no me interesa lo más mínimo. En tu caso, como pago... te pediré a ti.

-¿A mí? ¿Quieres matarme?

-No. Quiero tu cuerpo. Una noche. Lo que haga con él será mi problema y sus consecuencias,
el pago.

-¿Vas a poseerme?

-¿En plan posesión infernal? Para nada. Chiquillo, vas a tener la mejor noche de sexo de tu vida. Lo quieras o no.

Gabriel aceptó y acompañó a Ose a un motel. Pese a las reticencias que tenía, su cuerpo pedía ser tocado por el cuerpo del demonio, sentir dentro a un hombre tan exuberante como el que tenía delante. Aquella noche hicieron el amor con violencia, Ose no tuvo piedad en sus embestidas, en sus arañazos, en sus mordiscos, que llevaron a Gabriel a tener un orgasmo tras otro, incapaz de sentir dolor entre tanto placer.

A la mañana siguiente, Gabriel estaba solo en la habitación del motel. En el baño encontró una nota de Ose en la que decía que la habitación estaba pagada y que el trabajo ya estaba hecho. Entonces se miró en el espejo y vio que tenía marcas de arañazos por la espalda, por el pecho y por el vientre, unos arañazos profundos, como hechos por un gran felino, que jamás desaparecerían, dejándole el cuerpo completamente marcado. Tampoco desaparecerían nunca las cicatrices de los mordiscos que Ose le dio en el cuello. Aquellas marcas que deformaban su cuerpo serían el pago por el trabajo.

Se duchó. Allí, mientras el agua caliente bañaba su cuerpo, Gabriel empezó a llorar, aún sin entender del todo lo que había hecho pero sabiendo que había perdido del todo su inocencia y su ingenuidad. Cuando salió del baño, aún envuelto en la toalla, encendió la televisión. Las noticias contaban que se habían hallado dos cuerpos horriblemente mutilados, con signos de evidente agresión sexual. Gracias al ADN habían logrado conocer su identidad.

Ose1

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