Magia - Dedicado a Alex (Olivia)

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Magia - Dedicado a Alex (Olivia)

Mensaje por Rafael el Dom Dic 16, 2012 12:26 am

Cuando los tambores suenan en la lejanía y puedes escuchar los cascos de los caballos, así como el relinchar de estos siendo montados, sabes que quedan pocas horas para el amanecer y que despuntado el sol en el horizonte verás al enemigo desenvainar sus espadas, orar a sus dioses mientras aprietan sus dientes y se arman de coraje. La guerra ya estaba presente en mi piel antes de nacer, era hijo de un guerrero a pesar de ser un bastardo. Jamás podría enorgullecerme a su lado alzando la espada, sino ser tan sólo uno de sus generales de un batallón llamado Los Suicidas.

Las imágenes de los rayos de sol penetrando en los grandes y centenarios árboles cercanos a los lechos de los ríos, el discurrir del agua, el olor a tierra mojada, las rocas marcadas por otros que ya palparon sus rugosidades, la sensación de la pesada espada en el cinto y su belleza resplandeciendo seguía muy presente en mi, como en aquellos que vivieron aquellos largos días. Días, semanas, meses y años donde las mujeres no podían calmar las imágenes de cuerpos desollados de aliados y enemigos.

Mis cabellos dorados caían sobre mis hombros hasta la mitad de mi espalda, rizados y brillantes como el propio sol, el casco cubría parte de mi cráneo haciéndome sentir más concentrado que sin él en mi cabeza. El peto de cuero y la malla de hierro bien pegada a mi torso, embutiendo mi cuerpo en una ropa pesada que debía llevar con gracia, agilidad y honor. Las sandalias ataban bien mis tobillos hasta llegar a mis rodillas, teniendo en el cuero central delantero la imagen símbolo de Apolo.

Desperté empapado en sudor después de la imagen de una de tantas batallas. Había visto a lo lejos a mi hermano subido en un risco lanzando flechas certeras con su cuerpo casi desnudo, sin siquiera una armadura que representara la cuna de la cual venía. Mi padre lo miraba desde abajo apoyado en un tronco quebrado por la mitad. El orgullo de un hombre que no podía tener cerca al mejor de sus hijos, siempre lejano y siempre huyendo. Él no estaba allí por mandato de mi padre, sino por el deseo de mantenerse cerca de mi.

-¿Ocurre algo?

Preguntaste acariciando mi rostro sudado, tus dedos eran el pañuelo de seda más suave y mejor perfumado. Sonreíste con la ternura de una niña y la complicidad de una amante. Tu cuerpo se movió cayendo sobre el mío, pasando tus manos sobre mi piel desnuda. Estábamos cubiertos, y prácticamente enredados, por unas sábanas blancas de algodón.

-Nada, no ocurre nada.

Las guerras que libraba era por no poder regresar a tu lado. Saber que podías estar en la cama de otro, que podías entregarte en cada noche, me hacía sentir fracturado el corazón. El pasado siempre hace mella en un hombre, más en un guerrero.

-Rafael.

Tus labios susurran tan dulcemente mi nombre que me obligo a besarte, el deseo se avivaba en mis entrañas y recorría toda mi alma como si fuera fuego. Besé tu cuello girando sobre ti para dejarte acorralada contra el colchón. Mis manos se pasaron por tu vientre cuando entonces los sentí, la semilla de la luz, la vida misma propagándose.

-Es lo que deseaba decirte pero estabas cansado.

Las lágrimas surgieron de mis ojos, mancharon mis mejillas e hicieron que el sabor salino de estos llegaran a mis labios. Al fin había logrado hacer que el milagro sugiera. Fue la noche más importante de mi vida, la más hermosa y mágica.
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